DIGNIDAD Y VIOLENCIA
Con
este escrito, se busca hacer una
reflexión acerca de esa línea que debe
haber entre Dignidad y Violencia, teniendo a la primera como valor superior y la segunda según palabras de
Karl Pooper, como una degradación de la moral.
Para
tratar de lograr el objetivo, se toma como referencia, las distintas
interpretaciones que sobre estos términos han hecho grandes pensadores, ya
desde el punto de vista político o filosófico, porque ante todo esta reflexión
es un esfuerzo por ayudar a tomar conciencia, de lo que significa e implica
respetar al otro.
Conjugar
estas dos categorías es lo difícil, para saber hasta dónde debe llegar la
violencia para defender la dignidad. Desde la época antigua diversos pensadores
de diferentes maneras han defendido la guerra. Las fundamentaciones toman cuerpo también en
filosofías de la historia e incluso
justifican la guerra considerándola legitima o como proceso ineludible, o providencial, regenerador,
vital, benefactor, inscrito en una
perversidad congénita de lo humano, dando por descartado las posibilidades de
la mediación de la conciencia humana y su inteligencia, de la moral, de la
razón, de la libertad y la voluntad de influir para impedir la guerra.
Calicles,
estará entre los que darán inicio a esa tradición que defenderá el derecho del
más fuerte; dice: “es que el más fuerte mande al más débil” lo que será
conforme a la naturaleza “aunque quizá no se consulte la ley que los hombres
han establecido”.
Trasímaco
por su parte, defenderá la idea que “la justicia es el interés del más fuerte”
y de modo escéptico será un convencido del imperio de lo injusto impuesto por
la presión y el predominio de los más fuertes
En
el mismo sentido se pronunció Aristóteles, cuando consideró que es la naturaleza
quien impone a los hombres las diferencias, pues hace que unos nazcan más
fuertes y otros más débiles, unos con capacidad para mandar y otros para obedecer.
El
divino Platón en sus diálogos, básicamente en la república, recomienda entrenar
a los jóvenes más fuertes para la guerra, porque la ciudad- estado hay que defenderla.
Entrando
a la época moderna encontramos a Maquiavelo
está en el preludio de esa perspectiva que se impone en Occidente, al reconocer
la “realidad efectiva” de la política, en la que la moral es sólo un factum a
considerar en función de los fines de aquella cuya lógica no repara en los
medios que haya que utilizar incluyendo allí la violencia y la guerra; la
justificación maquiaveliana del recurso a la violencia se hace en el horizonte
moderno de la política como ciencia, dirigida por la razón, ya no articulada y
supeditada a la ética. El Florentino ante esa realidad advertirá al
gobernante que “es menester que tenga el ánimo dispuesto a .. no
apartarse del bien, mientras pueda, sino a saber entrar en el mal, cuando hay
necesidad” y por ello la validez del recurso a la violencia.
Desde éste punto de partida es entendible que para
Maquiavelo el recurso a la fuerza sea insoslayable así para él ésta sea la
forma de combatir propia de los animales no de los hombres, es la parte bestial
que el gobernante necesita combinar; los principales fundamentos del Estado son
las buenas leyes y las buenas armas. Acudir a las armas no sólo es la extrema
ratio del poder político sino que poseerlas y prepararse para la guerra es
condición de su sobrevivencia; la fuerza está en función del mantenimiento del
ordenamiento político, de la seguridad del Estado y del bien del conciudadano
según el célebre tratadista; además considera que las armas y la guerra se
hacen justas y piadosas cuando son la única esperanza de un pueblo.
Esta violencia constructiva es laudable así como lo
es digna de censura la violencia “que estropea”; en Maquiavelo hay una economía
de la violencia. En esencia, para este autor la vida social resulta
improcedente si no se cuenta con la fuerza para defender sus logros.
Los contractualistas aportarán la ficción de una condición natural donde la guerra es acompañante ineludible e incluso necesaria.
Los contractualistas aportarán la ficción de una condición natural donde la guerra es acompañante ineludible e incluso necesaria.
Hobbes a partir de su estado de “guerra de todos
contra todos”, construirá su “modelo del miedo” dando vida a un monstruo cuyo
poder atemorice a ese homo-lupus appetitionis; ese Estado absolutista
aplicará la violencia porque es depositario de la misma, usará la espada porque
sin ella no valen los pactos y será el referente de la justicia.
Locke contempla esa misma proclividad a la guerra en
el estado de naturaleza y su sociedad política nacida del consentimiento de los
individuos tendrá como distinción castigar la agresión a los derechos naturales
lo que solo se podrá hacer si hay un poder que disponga de la violencia
disuasiva y punitiva; pero el principio
que arguye no para rechazar la violencia sino para aceptarla, incluso como
resistencia, es un frágil cálculo utilitario de si hay violación del pacto.
Para Kant la violencia es componente insoslayable de lo que denomina “insociable sociabilidad” que caracterizaría lo humano; la precariedad del estado de naturaleza al que alude deviene de la inseguridad y la amenaza constante que significa, incluso los Estados en esta situación adquieren el derecho a hacerse la guerra; aunque la Razón se impone superar tal condición, en últimas la guerra es una adecuación al “plan de la Naturaleza” para avanzar hacia una paz perpetua.
Para Kant la violencia es componente insoslayable de lo que denomina “insociable sociabilidad” que caracterizaría lo humano; la precariedad del estado de naturaleza al que alude deviene de la inseguridad y la amenaza constante que significa, incluso los Estados en esta situación adquieren el derecho a hacerse la guerra; aunque la Razón se impone superar tal condición, en últimas la guerra es una adecuación al “plan de la Naturaleza” para avanzar hacia una paz perpetua.
En Kant se evidencia eso que Harris denomina
“curiosa fe decimonónica en la capacidad de la violencia y la lucha para
provocar un perfeccionamiento social ilimitado”
Para Hegel
la guerra es una situación de violencia, por cierto asociada a una “totalidad
convertida en fuerza” ; pero la
violencia no solo se expresa en el enfrentamiento de lo que él denomina otra
“totalidad hostil”, también ella se expresa en el maltrato al cuerpo afectando
la libertad del individuo en tanto que en aquel está la existencia de ésta, o
se manifiesta en la injusticia del delito contra el derecho o la voluntad libre
exterior, por eso reconoce como justo y necesario la violencia contra la
violencia primera
En palabras de Clausewitz: “La guerra es la mera
continuación de la política por otros medios”, “una realización de la política
por otros medios”. Esta es una afirmación que expresa de manera
categórica esa escisión, entre ética y política. Si la política se
atiene a los fines a conseguir, entonces ella no se atiene a principios o al
deber, ella tiene su lógica y lo que cuenta son los resultados, los fines a
lograr; y si para ello hay que utilizar la guerra entonces lo hará sin cargos
de conciencia. Como ejemplo vemos a las
grandes multinacionales que en nombre del progreso y en la búsqueda de materias
primas, arrasan poblaciones enteras si es necesario, porque la vida no se
detiene, ésta es avance.
Weber lo señalará de manera más taxativa: “El medio decisivo de la política es la violencia”, la política opera con “medios tan específicos como el poder que se apoya en la violencia”. Este autor será el que aporte otro componente paradigmático del Estado en la Modernidad y otro emblema de la misma: El Estado se definirá por la pretensión a “el monopolio legítimo de la coacción física” para mantener el orden
Algunos otros personajes han hecho ofrendas
teóricas, a propósito de la guerra, a un nuevo Moloc, la historia, donde los
sacrificados son precisamente los pueblos.
Como lo reseña Bobbio, para De Maistre la guerra es
divina y “asume la figura de un continuo sacrificio’’, para Victor Cousin ‘‘la
guerra no es otra cosa que un intercambio sanguinario de ideas a golpes de
espada y de cañón’’, para el darwinismo social es “el medio para la
sobrevivencia de los más aptos’’; en fin, se puede suscribir con Bobbio que
para estos y otros escritores ‘‘ la guerra y la violencia en general, comparada
al fuego regenerador...suscitaba admiración y respeto, al punto de que la
saludaban como el hecho que habría salvado a la civilización” del pacifismo
democrático y burgués.
El estratega y teórico prusiano de la guerra Helmuth
von Moltke afirmará que en ella es donde “se despliegan las nobles virtudes de
los hombres, el coraje, la renunciación, la lealtad al deber y la disposición
al sacrificio ante el azar de la vida”
Bobbio hace una clasificación de las teorías que justifican la guerra en providencialistas teologizantes y racionalizantes; finalistas que conciben la guerra como progreso moral, cívico y técnico y finalistas naturalistas como p.e. los darwinistas sociales.
En fin, estas terminan justificando la violencia y
la guerra como estado natural de la vida, convirtiendo este supuesto en axioma
ético-moral, en “petición de principio” para valorar desde allí las acciones
humanas y el lugar de los conflictos.
Queda
pues claro que son muchos los autores, pensadores, que de una u otra manera han defendido y defienden la guerra, la violencia, y paradójicamente es
a los que más se les da difusión. Más
bien son pocos los que han abogado por el respeto a la dignidad de la persona,
podríamos decir que con Henry
Dunant, fundador de la Cruz roja
Internacional, se inicia este deseo de buscar respetar al otro, pero fue Mahatma Gandhi, quien mejor ejemplo dio, cuando se opuso a la violencia, como único camino o medio para resolver las
diferencias.
Muchos dirán que a los que defienden la
violencia, hay que entenderlos e interpretarlos de acuerdo al contexto, pero no
dicen que su filosofía o concepción del hombre, del universo, también hay que
entenderla, interpretarla de acuerdo a la clase social a la que pertenecen, y
precisamente eso es lo que defienden, pues es un tanto difícil, hacer una reflexión objetiva, cuando
se está ubicado en uno de los extremos,
porque necesariamente se toma partido, y
de esta manera el pensar se ve afectado
por la ideología propia de su clase
social, y desde luego se cae en el
subjetivismo.
Algunos autores, como Herman Hesse, Fedor
Dostoievski, nos han dicho que en cada persona, anidan dos fuerzas, que están
en constante lucha por imponerse la una a la otra, esas energías son de un lado
la parte animal, instintiva, que se mueve ciegamente, a cumplir a saciar su
inclinación, y la otra es la parte divina, que tomando como soporte a la misma materia, busca elevarse a esferas superiores. En otras
palabras en cada uno de nosotros hay una parte irracional, y una racional. Cuando la primera actúa, sólo hay destrucción, lo efímero. La segunda está
constantemente encausando esa parte bestial, porque desde luego la energía
dirigida en debida forma, produce resultados armoniosos.
Para
concluir debo decir que hay una fuerza, energía o sustancia infinita, llamada
de diferentes maneras por los pensadores y místicos. Esta energía llamada por
Lao Tsé el tao, por la filosofía Hermética, el TODO, y por la filosofía de
Parménides, el Ser, tiene tanto de largo como de ancho, es decir que es infinita, ilimitada. Se extiende
a todo. Cuando producto del razonar se descubre que en cada persona, hay
una parte de ese ser, o mejor que el ser se expresa a través de cada uno de
nosotros, como lo dice uno de los
valores de la universidad, ”El respeto a la diversidad”, se empieza a ser
consciente que se debe respetar al otro, porque somos expresión de una misma
unidad- sustancia, y que son los sentidos,
la parte animal, los que nos hacen creer en la separatidad de las cosas.
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